Entre sombras ausentes

Artículo escrito por Johana Pinto (Colombia)

Una de cada cinco adolescentes entre los 15 y 19 años en Colombia ha estado embarazada y el 13% ya tiene una vida sexual activa. El embarazo de niñas y adolescentes latinoamericanas es un asunto de salud pública y Derechos Humanos donde se manifiestan las desigualdades de género marcadas por una masculinidad tóxica y variables socioeconómicas del patriarcado.

Colombia, años ’80. Mi madre era una niña de 17 años y mi padre quizás era mucho mayor que ella. Digo quizás porque nunca lo conocí. Mi madre también fue mi padre, erróneamente así me decía ella cada vez que yo de pequeña preguntaba por quién era mi papá. Como yo, muchas niñas latinoamericanas nacieron con una sola versión de la historia. Esta es la mía. 

La primera vez que me dí cuenta de que era una hija natural (hija no reconocida por su padre) tenía más o menos unos 8 años. Recuerdo muy bien que cada vez que le preguntaba a mi madre porque no tenía papá, ella me daba siempre una historia diferente: Está muerto… lo mataron… se fue y no volvió a aparecer. De la misma manera empecé a hablar con la gente que me preguntaba porque tenía el apellido de mi madre: ”mi papá se murió”… ”está de viaje”.

Mi niñez se tiñó de mentiras e historias inventadas y de una frase que resonaba cada vez con más fuerza: ¡Yo soy tu mamá y papá a la vez! Tu no necesitas de nadie más porque me tienes a mi!

Como muchas mujeres de su condición social, mi madre se fue para Europa a probar suerte, dejándome al cuidado de mis abuelos y como era de esperarse, me convertí en una niña rebelde que gritaba atención y cuidado de sus padres. Con su lejanía, mi madre se convirtió en un padre proveedor y a falta de uno, tenía dos padres ausentes.

Como buen padre que resuelve los problemas, mi madre me llevó consigo a Europa, donde lejos del dolor finalmente éramos madre e hija. Sin embargo, el vacío seguía allí y empecé a buscar a mi padre en cosas y personas equivocadas, y fue solo cuando me convertí en madre que realmente pude ver cara a cara la ausencia.

Mi esposo que es un padre presente y mi primer referente masculino real, entregado y comprometido con su paternidad me confirmó lo que mi niña interior siempre quiso obviar, mi madre nunca fue mi padre por mucho que ella se esforzara.

Después de mucha terapia y de reconciliación con mi parte masculina, hoy puedo reconocer la importancia de los hombres en mi vida, comprendiendo que no todos los hombres son iguales y que no somos el resultado de nuestras experiencias sino lo que hacemos con ellas. 

La vulnerabilidad del ser humano va más allá del género, después de todo mi padre también era una víctima del machismo y de los estereotipos de género. 

Los padres son mucho más que proveedores y cabezas de familia, son una pieza fundamental en el desarrollo social, emocional y cognitivo del ser. 

Las mujeres no podemos reemplazar a los hombres y aunque no se puede extrañar lo que nunca se tuvo, debo de confesar que poder reconocerme a través de mi padre hubiera hecho una gran diferencia en mí. 

Ode para aquellos hombres que a pesar de sus miedos e imposiciones sociales viven su paternidad afectivamente y una sexualidad consciente, ser presencia nos hace humanos.

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